sábado, 7 de mayo de 2011

El Jazz ardiente de Kansas City


Antes de morir Charlie Parker le hizo jurar a su mujer que no lo enterraría en Kansas City… sin embargo, su cuerpo terminó en esta ciudad, fue llevado en un cortejo lánguido por la ciudad a la que había jurado nunca volver. Era un símbolo, la culminación de toda una época del jazz que había dado como fruto final a ese monstruo de la música que dejó boquiabierto a más de uno y que torció las rutas de esta música para siempre. En ese entierro, no sólo se despidió a Bird, se despidió a todo el Jazz de Kansas City-Missouri.

Cuando se habla de ciudades del jazz, siempre están New Orleans, Chicago, Nueva York, sin embargo, se olvida esta ciudad del medio oeste de los Estados Unidos en donde floreció entre la permisibilidad y la lejos de la prohibición, toda una escuela de jazz basada en un ritmo más potente y en la improvisación. Entre la segunda y la tercera década del siglo XX, llegaron a Kansas City, músicos de todas partes para ganarse la vida, en largas noches y duelos épicos, lejos de partituras y formalismos. En esta ciudad se reunieron una serie de condiciones favorables: trabajo continuo, aislamiento, libertad, espontaneidad, concentración de talentos y falta total de presiones comerciales y policiales.

Durante la depresión económica floreció en Kansas City, gracias a la permisibilidad de su gobernador, Tom Pendergast una vida nocturna alimentada por todo: alcohol, juego, apuestas, drogas, prostitución y como no, para darle vida y ritmo a este coctel: jazz y blues. Los músicos conseguían trabajo fácil y alimentaban de sonidos a la ciudad las 24 horas, las sesiones de improvisación empezaban en los locales en donde los jazzistas tocaban a su antojo sin ningún tipo de reglas y terminaban al medio día siguiente en los asaderos de pollo.

En Kansas City, se formaron los Blue Devils, dando paso después a la legendaria orquesta de Count Basie, en donde además del pianista y director, estaban a la cabeza del ritmo el baterista Jo Jones y al contrabajo Walter Page. El solita estrella, Lester Young, encontró en esta orquesta un refugio para su música melancólica y personal, redefiniendo el sonido del saxo tenor. Tocaban todas las noches en el Reno Club, en donde se abarrotaban para escucharlos, bailar con su música y si alguien tenía suerte, poder probar sus dotes como músico improvisando a la par de los presentes. Por la ciudad deambulaba otro gran saxofonista, Ben Webster.

Una de las noches legendarias de Kansas City fue cuando Webster y Young, vencieron el estilo dominante de tocar saxofón, imponiéndose en duelo de improvisación que duró toda una noche, al mejor saxofonista de ese entonces Coleman Hawkins; este terminó dejando su puesto a Webster en la orquesta de Fletcher Henderson y se condenó al auto exilio durante unos cuantos años en los que estuvo vagando por Europa, luego cuando regresó a Estados Unidos, se empeñó en encontrar a Young para volver a retarlo en otra larga noche de saxofones beligerantes, en donde no hubo vencedor. Ya estaba Bird sobrevolando por ahí.

Una vez fue expulsado del gobierno Pendergast, a mediados de los años 30, la vida musical de Kansas se vino abajo y el poder quedó en manos de un grupo de moralista que fue clausurando la vida nocturna de la ciudad. Se cerraron los lugares de juego y apuestas, los burdeles y de paso la nueva administración cerró los clubes nocturnos donde se había tocado el jazz de Kansas City durante 13 años. Censuraron toda una época, prohibieron y acabaron con la vida nocturna. En ese entonces la orquesta de Count Basie ya había abandonado la ciudad y sólo quedaba Charlie Parker, que pronto se iría a lavar platos a Nueva York y cambiar todo el lenguaje del jazz junto con la nueva generación de boppers. Cuando su cuerpo volvió a Kansas City, ya nada quedaba de ese jazz forjado en largas noches de improvisaciones solemnes.

jueves, 10 de marzo de 2011

CAÍN Y ABEL DAVIES


El rock puede resultar a veces fraternal, otras en cambio, fratricida. La competencia entre hermanos adquiere nuevas dimensiones cuando de por medio se interpone el ego y la gloria. Por eso los hay que recurren a todo tipo de artimañas con tal de llevarse el mayor número de aplausos, como si estuvieran peleando por el cariño de su madre. The Kinks, la banda liderada por Ray y Dave Davies, es un claro ejemplo de hasta dónde pueden llegar el apetito insaciable de los celos. Incluso cuando se trata de hablar bien el uno del otro, lo único que sale de sus bocas son elogios envenenados.
Solo así se puede leer en entre líneas a lo que Ray Davies se refería cuando afirmaba <>. No en vano, a pesar de que Ray compusiera la mayoría de éxitos de la banda, fue Dave el que dio con el riff de You Really Got Me que los terminaría catapultando a la fama. Una salvaje sucesión de acordes que para su tiempo, 1964 (un año antes del Rubber Soul de los Beatles, dos antes del Aftermath de los Rolling Stones, uno antes de My Generation de The Who), resultaba demasiado adelantada.
Eso explica en parte porque la música de los Kinks está pasando en estos momentos por un nuevo renacer, con las nuevas generaciones descubriendo canciones como Lola, Waterloo Sunset, A Well Respected Man, Stragers y This Time Tomorow. Las cuales por cierto, Ray ha vuelto a grabar junto a otros artistas de talla internacional entre los que se encuentran Springsteen, Bon Jovi, Billy Corgan o Metallica. Lo curioso es que el título de este álbum recopilatorio es See My Friends, una ironía teniendo en cuenta que dentro de su concepto de amistad no entra una de las primeras personas con la que compartió techo: su hermano.
Los problemas entre Ray y Dave vienen de antaño y lo peor es que con el tiempo han ido escalando. Hasta el punto en el que Dave ya ni siquiera habla con su hermano, al que califica de persona enferma, más allá del trastorno bipolar que le diagnosticaron. Según el menor de los Davies, ni la fama, ni el dinero han hecho que su hermano Ray se olvide de su principal objetivo: humillarlo y torturarlo. En ese orden. La lista de episodios que demuestran esta teoría es larga. Una vez, después de que Dave sufriera un infarto, Ray llegó hasta a fingir estar enfermo, con tal de que su hermano no se llevara toda la atención.
Claro que el episodio que más trascendió ocurrió en el aniversario número 50 de Dave. Cuando a Ray no se le ocurrió otra mejor idea que aplastarle la torta de cumpleaños a su hermano. Un insulto doble, no solo por haber aguado la fiesta, sino porque Ray se había ofrecido a pagar los gastos del convite. No por buena gente, más bien porque él tenía el dinero y su hermano no. Considerando que las regalías de los temas de la banda pertenecen solo a Ray. Desde entonces, cualquier esperanza de reunión de los Kinks se ha evaporado. Dave preferiría no ver ni un solo centavo de lo que representaría una posible gira, antes de prestarse a ser objeto de las vejaciones de su hermano. O al menos tendría que pensárselo mucho. Por en cuestiones de dinero no hay nada que se interponga, ni siquiera la familia.


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domingo, 14 de noviembre de 2010

LA ESTIRPE DE LOS SALIERI



Hay amores que opacan el resto de los que hemos tenido en nuestra vida. Heridas que no sanan, sino que cambian de sitio. En su tiempo, sus canciones sonaban a cada rato por la radio. Ahora, tan solo dos décadas después, su imagen iba lentamente desapareciendo, como si nunca hubiera estado en los primeros lugares de la Billboard, como si nunca hubiera hecho giras mundiales, como si los discos de platino que colgaban en las paredes de su casa fueran falsos.
No se trataba de estar acabado. Era mucho peor que eso. La gente que antes asistía en masas a sus conciertos, se avergonzaban de haberlo adorado con tanto fervor. Llevaron su peinado, sus bluyines apretados, sus camisas de mayas, sus sobreros, pero en la actualidad lo negaban. Las loncheras, los cuadernos, los afiches y las diversas autobiografías, acabaron en la basura.
Sin caché, sin prestigio, con el espíritu por los suelos, seguía haciendo música bajo el mismo estilo retrogrado que le había dado la fama. Buscando el sencillo que lo devolviera a la lucha. Pero entre más lo intentaba, más ridículo se sentía. Lo mejor sería tirar la toalla. Ya tenía una mansión con piscina, no tenía ninguna verdadera necesidad de demostrar nada.
Lo que en realidad le daba miedo era morir en el olvido. Que su paso por este mundo se borrara. Que le tocaran groupies de segunda categoría no le molestaba. Tampoco que solo fuera recibido como un ídolo en los países de la ex Cortina de Hierro. Lo que de verdad le fastidiaba era ver que haber desperdiciado su vida no había servido para nada.
Quizás lo que le faltó fue llevar su existencia un poco más al extremo. Era consciente de no haber coqueteado lo suficiente con la muerte. A veces soñaba con el día de su entierro. Constantemente se acordaba de la escena del Doctor Zhivago en las que todos sus lectores se acercaban al cementerio a darle su último adiós. Ojala le pasara algo parecido. Que inclusive el tipo que un día le abrió sus conciertos y que después se convirtió en una leyenda del rock, estuviera ahí.
Entre sorbo y sorbo de la botella su imaginación seguía naufragando. El whiskey bajaba por su garganta, mientras le entraba cada vez más el sueño. Prendiendo un cigarrillo se acomodó en el sofá. Era como recostarse en el ataúd de la gloria. Los ojos se le cerraron. En el fondo se escuchaban el disco de sus Greatest Hits, el mismo que el público recibió con tanta frialdad. Preso de la borrachera y del cansancio, el cigarrillo se le terminó resbalando de los labios.

martes, 26 de enero de 2010

La incombustible voz negra


Como gran parte de las leyendas salió de África, forzado fue llevado en galones, traficado por portugueses, árabes y judíos. Germinó con la brisa del Caribe, entre los lupanares rojos de New Orleans, muy cerca a Cuba y Haití. En Congo Square hizo escuchar su voz y fue ahí donde se formaron sus nervios. Cómo el blues conoció las carreteras que del sur iban al norte, atravesando Dixeline una y otra vez, cargado de esa ira y esa tristeza, ese desencanto sutil, que pronto aprendieron a gritar las trompetas y los saxofones.
Terminó su proceso de maduración en los garitos clandestinos de los gangsters de Chicago, entre los chorros de whisky ilegal y la sonrisa complaciente de las prostitutas, escapando de la nieve y de los balazos de la calle, ahí se vio por primera vez la sonrisa de Pops. Buscó la vitalidad en el Kansas ilegal de Pendergast (la máxima despensa de drogas y otros frutos prohibidos del medio oeste), desde el Reno se regó la leyenda del Conde y de cómo Lester había vencido en un duelo que duro 3 días al gran saxofonista del momento Coleman Hawkins, un pájaro de corral revoloteaba sus calles de tierra con un instrumento hechizo que soltaba más chirridos que música. En Nueva York, el Duque le daba un toque de distinción y en Broadway empezaban a hablar de Porgy and Bess, mientras que en las calles se silbaba Summertime y Rhapsody in blue.
Ya tenía nombre, una onomatopeya sonora, como un golpe de batería, Jazz, circulaba en la radio de todo el mundo, haciendo bailar a la gente, para olvidarse de la depresión, antes de que estallara la guerra y con ella el desquiciante Bebop. De ahí en adelante absorbió el ritmo de la calle, se adelantó al compás de los tiempos, corriendo desesperado entre el llanto de la incomprensión y del racismo, entre las andanzas del loco, la introspección del monje y los aleteos del pájaro. El demonio Azul del Miles Davis, ya había llegado de San Luis y estaba dispuesto a absorber los sonidos de Harlem, mientras que rondaba con su trompeta, desarrollando sus carretes, en busca de lugares en donde darse a probar en improvisaciones desmedidas, iba acompañado de Max Roach y del Gordo. Luego inventaría con otros 9 la música que se afincó en la costa oeste, más edulcorada y contenida, cómo Hollywood exigía.
En los años 50´s la casa de brujas también se enfocó en busca de los consumidores habituales de heroína, a Charlie nunca lo pescaron, pero hicieron los posible por segregarlo hasta hincharlo y arrancarle el pico, muchos fueron a sanatorios, otros a la cárcel, el electro shock se convirtió en la terapia más común, otros murieron una tarde triste, pegados a su botella de whisky como Lester y con él, ya sin voz ni alma, Ladyblue. Era el momento de la furia, de la ira y por eso sonó como nunca la batería desesperada de Art Blakey y sus Jazz Messengers y como respuesta la de Max Roach, acompañada de la trompeta de Clifford Brown, un accidente de coche rompió el último sueño.
En el momento menos pensado apareció el Quinteto y luego el Sexteto de Miles, lo más nuevo y refinado, ahora todo el mundo hablaba de ese tren azul que no se quitaba el saxofón de la boca y podía hacer solos de una hora, también del pianista blanco demasiado delicado, pero a la vez innovador, encorvado en el instrumento con sus lentes de recién salido de la biblioteca. Y cuando salió Kind of blue pensaron que lo había dicho todo y que se había modificado para siempre la historia de este tipo de música, sin embargo, apareció el un texano barbudo con su saxofón de plástico que hizo saltar a todo el mundo de sus sillas, había nacido el free jazz y con este se rompían todas las barreras.
Luego solo quedaba la fusión con los hermanos más cercanos: de sangre caliente, de la misma madre y salidos de Cuba, volvían los timbales y el sabor latino. Su otro hermano amplificado y salido del blues, ahora llegaba el momento de jugar con instrumentos eléctricos y con los sonidos más rockeros. El nuevo quinteto de Miles y luego cada uno en sus andanzas, los Headhunters de Herbie, el Weather Report de Wayne Shorter y Zawinul, Retor to Forever de Corea. El jazz tenía dos caminos o los festivales y las grandes audiencias, o el museo sonoro. De ahí en adelante todo ha sido ampliación y mimetismo. Desde un comienzo fue eso, mezcla e improvisación, abertura, libertad. Es el canto de África que ahora hace eco en todo el mundo, del tocadiscos, a los estéreos, al CD a las computadoras, más de 100 años de historia, de carreteras de ciudades, los hombres que forjaron su leyenda son muchos, incontables, incombustibles.

domingo, 22 de noviembre de 2009

UNA HISTORIA ALTERNATIVA



Algo estaba cambiando en la escena musical estadunidense cuando el director Cameron Crowe escogió Seattle para rodar Singles. En ese entonces, a principio de los noventas, el grunge estaba a punto de explotar. Discos como Nevermind de Nirvana, Badmotorfinger de Soundgarden, Ten de Pearl Jam o Dirt de Alice in Chains, salieron durante el rodaje de esta película. En ese momento nadie podía haber predecido el éxito aclaparador que tendrían estás bandas, hasta el punto en el que el grunge poco a poco terminó desbancando al heavy metal.
El año 1991 fue un año de transición. Si bien el viejo estilo rockero mantuvo su estatus mundial gracias entre otros a Guns N’ Roses con su Use Your Ilusion I y II, fue el sonido de Seattle el que estableció las bases de su revolución. Pero como en todas las revoluciones, sus artífices terminaron pagando por su éxito. Soundgarden se separaría, Pearl Jam entraría en el oscurantismo, Nirvana perdería a Kurt Cobain y Alice in Chains a Layne Staley.
Precisamente, de estas bandas, tres participaron del proyecto de Crowe en Seattle. No solo aportando su música, sino también ejerciendo de actores. Eddie Vedder, Stone Gossard y Jeff Ament se encargarían de interpretar el papel de los fracasados músicos de la banda del vocalista, mientras que Chris Cornell haría un pequeño cameo en una que otra escena. Por otra parte, Alice in Chains aparecía haciendo el papel de sí mismo, interpretando dos temas en vivos. Uno de ellos, Would?, que pronto terminaría en convertirse en uno de los temas más importante del grupo.
Desde luego que no es de extrañar que Crowe haya acertado escogiendo a estos músicos para salieran en la película, cuando todos eran desconocidos a nivel nacional y mundial. Si hay algún director experto en música, ese es Crowe, quien empezó a brillar en el mundo del espectáculo como periodista de la revista Rolling Stone. Crowe ya había publicado para Creem y para Circus, cuando Ben Fong Torres, editor de la Rolling, lo reclutó. En ese momento apenas tenía quince años y en corto periodo de tiempo lograría entrevistar a celebridades como David Bowie, Bob Dylan, Led Zeppelin, Alman Brothers, Eric Clapton y Neil Young.
Pero eso fue en la prehistoria. A finales de los ochentas Crowe ya había cambiado del todo el mundo del periodismo por el del cine, pero sin olvidarse de la música como eje de sus películas. Singles por ejemplo llegaría a incluir canciones que de alguna manera u otra marcaron a Seattle. Desde Hey Joe, interpretada por Jimi Hendrix, el guitarrista más famoso que ha producido esa ciudad, hasta un sonido más reciente, por no decir más moderno, como es el de Overblown de Mudhoney.
Sin embargo el núcleo musical más significativo dentro de esta banda sonora estaría ligado al pasado y futuro de Soundgarden y Perl Jam. Dos bandas que desde un primer momento se han apoyado mutuamente y que inclusive han llegado a fusionarse. Para la historia quedarán las sesiones de Temple of the Dog, una banda formada con elementos de las dos agrupaciones y cuyo sencillo más recordado sería Hunger Stirke en la que se puede escuchar a Vedder y a Cornell repartiéndose las estrofas.
Este proyecto nacería de un homenaje que el cantante y el baterista de Soundgarden le hicieron a Andrew Wood, cantante de Mother Love Bone, quien comenzando la década de los noventa moriría a causa de una sobredosis. Un suceso que también influiría sobre el fututo de Pearl Jam, ya que dos de sus miembros, Gossard y Amment, pertenecían a la banda de Wood, que terminó desintegrándose con la muerte de éste.
Cameron Crowe también se acordaría de esta formación en Singles, incluyendo Chloe Dancer/ Crown of Thorns como parte del antiguo testamento del grunge. Una verdadera joya en la que queda patente la combinación de armonía y agresividad que marcaría el sonido de Seattle y su clara oposición por lo banal. Todo un contrates con los valores que había elevado el Heavy Metal, con su despilfarro de cuero y de laca.
Otra de las atracciones de la banda sonora sería la primera versión de Spoonman de Soundgarden, la misma que años más tarde terminaría convirtiéndose en todo un éxito y que fue concebida exclusivamente para esta película. Chris Cornell partiría de este demo para incluirla en el álbum Superunknown. Además de esta canción también resulta interesante la colaboración de bandas de fuera de Seattle que terminarían resultando fundamentales en el grunge. Es el caso los Smashing Punkins, quienes utilizaron esta película como aparador de su tema Drown o el de REM, que aunque no pertenezca por completo a esta corriente, terminaría empacando sus maletas para establecerse en Seattle, igual que cuando Mozart cambió Salzburgo por Viena en busca de la verdadera libertad.

lunes, 19 de octubre de 2009

En el cruce de caminos

Según la leyenda en el cruce de caminos de la Autopista 61 con la 49, en Clarksdale, Robert Jonhson le vendió su alma al diablo a cambio de la capacidad de tocar la guitarra como nadie. Durante esa noche fue engendrado el Rock.


Cross road blues

Cross road blues

I went down to the crossroad
fell down on my knees
I went down to the crossroad
fell down on my knees
Asked the lord above "Have mercy now
save poor Bob if you please"
Yeeooo, standin at the crossroad
tried to flag a ride
ooo ooo eee
I tried to flag a ride
Didn't nobody seem to know me babe
everybody pass me by
Standin at the crossroad babe
risin sun goin down
Standin at the crossroad babe
eee eee eee, risin sun goin down
I believe to my soul now,
Poor Bob is sinkin down
You can run, you can run
tell my friend Willie Brown
You can run, you can run
tell my friend Willie Brown
(th)'at I got the croosroad blues this mornin Lord
babe, I'm sinkin down
And I went to the crossraod momma
I looked east and west
I went to the crossraod baby
I looked east and west
Lord, I didn't have no sweet woman
ooh-well babe, in my distress


Pero como el diablo no es santo, y por lo tanto no puede hacer milagros, lo que la leyenda no cuenta es que Robert estuvo durante por lo menos dos años encontrando y creando su estilo. Todo empezó cuando a sus 18 años la vida le dio un revés definitivo, se murió su mujer dando a luz al que hubiese sido su primer hijo. Así que cansado de que no le tomaran enserio como bluesman, decidió regresar en busca de sus raíces al pueblo en donde había nacido, Hazlehurst – Mississippi. Allí logró vivir del amor de una mujer viuda y rolliza. La enamoró y garantizó su existencia, para dedicarse a su verdadera obsesión, tocar la guitarra.

Empezó yendo casi todas las noches a casa del principal músico del pueblo, Ike Zinnerman para aprender los trucos con los que engendraría su estilo. De vez en cuando se le vio recogiendo algodón, pero sobretodo pasaba el día escondido en un lugar del bosque, golpeando su guitarra, repitiendo una y otra vez las canciones y cosas que había sustraído de la lección nocturna y anotando canciones en un cuaderno. Cuando estuvo preparado comenzó a presentarse los sábados en la noche en los bares del pueblo, en donde cada vez era mejor aceptando, hasta decidió que era el momento y se escurrió por la carretera para comenzar a alejarse y no regresar jamás.

Su obsesión por la guitarra había empezado a los 7 años, cuando dejaba a un lado las faenas campesinas para perseguir a los principales músicos de la zona: Willie Brown y Son House. El primero le tenía cariño e intentaba enseñarle, el segundo lo despreciaba porque no soportaba su forma de tocar, decía que cuando tenía la guitarra en las manos lo único que sacaba era un ruido espantoso. Por eso cuando Jonhson se los volvió a encontrar unos años después y los sorprendió con su estilo, Son House decidió que tenía que haber hecho algún pacto con satanás para tocar la guitarra de ese modo y fue difundiendo la leyenda.

Jonhson empezó a vagar por los pueblos del Mississippi y luego de todo el sur de Estados Unidos. No satisfecho siguió la ruta del norte y las grandes ciudades, Memphis, San Louis, Chicago, Detroit, Nueva York, pasos fáciles, incluso llegó hasta Canadá. Nunca lo volvieron a ver quieto en un lugar, era lo que se consideraba un “Rolling Stone”. Su vida se convirtió en un deambular constante y sin un destino preciso. Dormido o despierto, durante el día o la noche, con resaca o cansancio, para adelante o para atrás, tomaba el primer tren que se atravesaba en el camino, como si huyera de algo.

Todo consistía en llevar su música y sorprender a los diferentes públicos. Su mano de dedos largos y delgados, su guitarra que sonaba como si fueran dos, su voz que podía cambiar de formas, sus ojos fijos que miraban como poseídos, era incapaz de quedarse en un solo lugar. Entre noviembre de 1936 y junio de 1937, grabó 29 canciones, algunas con dos tomas, que junto con dos fotografías, son el único testimonio que tenemos de su paso por este mundo.

A medida que la carretera se lo empezó a tragar, su personalidad se fue haciendo más esquiva y extraña, empezó a desentenderse de todo, viviendo cada vez de un modo más frenético. Si no bebía un solo trago, permanecía en un rincón, solo, en silencio. Cuando empezaba a beber, se comportaba como un demonio maniático y sin previo aviso huía del lugar en el que estaba tocando. Una mujer aquí una mujer allá, como si estuviera en una carrera por desprenderse de todo. Cualquier canción que escuchaba podía tocarla, no importaba el tipo de música. Eso si, protegía con mucho recelo de la mirada de todo el mundo su estilo y sus trucos, no quería que nadie le copiara. No dejaba que observaran su manera de tocar la guitarra, como si se tratara de un secreto sagrado. Quería ser en su música y lo sacrificó todo por ella, hasta su alma.

Ese deambular absurdo se convirtió en su modo de vida, y si decidía que quería quedarse en un pueblo unos días, ya tenía un modus operandi: elegía a una mujer solitaria no muy agraciada, la seducía y se iba a vivir con ella. Garantizaba comida, cariño, cuidados y un lugar estable al cual siempre volver. Y como esto no podía durar para siempre en Three Forks, un estadero de carretera, cometió el error. Se enrolló con una mujer casada, vigilada por su marido celoso, que no era nada más ni nada menos que el dueño del local.

Un sábado en el que el Three Forks estaba lleno, recibió una botella de whisky destapada, el músico que esa noche tocaba con él se la quitó de las manos y la reventó contra el suelo.
- Tio, nunca bebas de una botella que está abierta. No sabes lo que pueda tener dentro.
- Tio, nunca vuelvas a tumbar una botella de whisky que esté en mis manos.
Así que trajeron otra botella y nadie le impidió beber. Era una buena noche, había fiesta y todos estaban bailando, nadie se dio cuenta cuando Robert tuvo que dejar de cantar, la armónica y la voz de su acompañante le encubrieron. De un momento a otro simplemente dejó la guitarra a un lado y salió, estuvo el resto de la noche y los otros tres días que le quedaban de vida delirando su envenenamiento. Murió el martes 16 de agosto de 1938, a sus 27 años, (coincidencia, la edad en la que también murieron Hendrix, Janis y Morrison) y fue enterrado a un lado de la carretera, como si se cumpliera lo que profetizo en su canción, Me and ther Devil blues:

You may bury my body
Down the highway side
Baby, I don´t care where you bury my
Body when I´m dead and gone
You may bury my body, ooh
Down by the highway side
So my old evil spirit
Can get a Greyhound bus and ride

Han intentado atraparlo y le han inventado todo tipo de lápidas, tumbas y monumentos a lo largo del delta del Mississippi. Pero parece que su espíritu se fugó en uno o varios autobuses, o mejor en lo que tenemos de su guitarra y su voz, que son la llama que alienta el rock.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Tres caminos hacia el fin

La llegada de los 70´s significó el final de la era hippie en muchos aspectos, no sólo la separación de los Beatles, sino la muerte de algunas leyendas sonadas: Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison. Sin embargo, poco se habla de sus últimos álbumes, de la música que nos dejaron y que de cierta manera significa el cierre del ciclo iniciado por la contracultura, que se hundida en el peso de su propio desencanto y que por la ley del mercado pasó a convertirse en la cultura.

Estas tres figuras llevaron hasta el límite su propia filosofía y fueron el sacrificio de lo que predicaban, el exceso, la vida al límite, la necesidad de probarlo todo, la creatividad, la psicodelia, la soledad, la muerte. Aunque no se puede negar que detrás de todo también estuvo la presión de la industria musical (en el caso de Jimi y Janis) y de la incomprensión. En el caso de Morrison, llegar al límite da la parodia de sí mismo y la necesidad de replantearse su vida, ese final (The end) tan anhelado que siempre lo acompañaba y perseguía, se lo llevó. En el caso de los tres no podía ser de otra forma, la necesidad de una muerte trágica para cerrar su leyenda romántica.
En sus últimos discos se veía un poco de la madurez alcanza que es el paso adelante para iniciar un nuevo ciclo. En el caso de Jimi Hendrix es un poco difícil decir cuál fue su última grabación debido a que le encantaban las improvisaciones, grabar varias tomas y realizar distintas pruebas (se dice que grabo el tema Gipsy Eyes 43 veces). Tomaremos como despedida su último disco editado en vida, Electric Ladyland (1968), en donde al fin pudo experimentar de la forma en que quería, haciendo versiones larguísimas de Voodoo Child y llevando a cuantos músicos se le iban cruzando en el camino al estudio para que improvisaran junto a él. Este caos en las grabaciones, llegó a desesperar su entonces representante Chas Chandler, hasta el punto de que renunció. Chandler, había sido el que había lazando la carrera del guitarrista, cuando lo escuchó tocar en vivo en el Café Wha, y decidió llevarlo a Londres y formarle una banda para que hiciera su música.

Por otro lado, el fin de los 60´s encontró a Janis, perdida, flotando en su propio satélite, coctel de sexo, drogas y vacio, más sola que nunca. Sus fans nunca le perdonaron haber abandonado a su grupo Big Brother, por hacer caso a sus representantes que decían que los músicos que componía a la banda carecían de talento y estaban frenando su desarrollo como cantante. Se consideró que había traicionado su filosofía hippie para caer en los trucos del mercadeo. Dígase lo que se diga, no se puede negar que Pearl (1971), su último álbum refleja todo su estilo, esta más cargado de blues y tristeza que ninguno, muestra toda su fragilidad, desamparo, rabia, su sexualidad y desazón. En este disco se encuentra una de las canciones que se han convertido en un himno del rock, Me and Bobby MCGee y cuyo coro, como se dice, lleva implícito el epitafio de la cantante y de toda su época: “Freedom is just another word for nothing left to lose” (que yo lo traduzco como: la libertad no es más que otra forma de decir nada que perder).
Janis reinventó su propia belleza, con una personalidad explosiva llena de energía y furor, además de algunas gotas de amargura y dulzura; lo contrario a la gordita llena de granos que la hizo sentirse una rechaza en la escuela. En la escena hippie apareció con sus disfraces estrafalarios y su sexualidad libre, cargada de frases provocadoras como: “canto como si estuviera follando y follo como una forma de liberación”. Sin embargo, esa libertad sexual no deja de reflejar esa soledad y falta de entendimiento que le dan los tintes lastimeros y dramáticos a su imagen con frases como “en el escenario le hago el amor a 25.000 personas y luego me voy a casa sola”, entre más daba menos recibía, toda su entrega y su angustia, su vulnerabilidad y dolor se ven ahí reflejados.
Hendrix por su parte vio atosigado su talento y sus ganas de experimentar por una serie de presiones externas. Por un lado mercantiles, de seguir con formulas comerciales y por otro lado políticas, los grupos de auto afirmación negros lo presionaban para que tomara un actitud más combativa, aunque él se declaraba apolítico y que no veía ninguna diferencia entre los colores de la piel. Estas presiones y su imposibilidad de decir no, lo fueron acorralando y lo metieron cada vez más en su propio mundo. Se sumergió en el estudio, lejos de ese ambiente, buscando salir en las improvisaciones, reventando su rabia en distorsiones, en sonidos amplificados y efectos eléctricos.
Por su parte Morrison, una vez conseguido el éxito y los dólares con lo que habían soñado junto con Ray Manzarek cuando decidieron formar The Doors, prefirió alejarse de un estrellato que se deshacía en la nada como un meteorito. Cansado de unos espectáculos en vivo que habían roto con la capacidad de improvisación escénica que había mostrado en un comienzo, para culminar con la imagen patética de un Dionisio que se arrastraba borracho y que no conseguía otra forma de atraer y chocar al público que mostrar su pene (que quizá era parte de su filosofía de provocación y de romper los límites). Sin embargo, el chistesito le salió caro y el puritanismo norteamericano aprovechó para caerle encima y estuvo a punto de parar en la cárcel. Esta persecución legal llevó a que replanteara su carrera; no cayendo como Janis en los trucos de la industria, que lo invitaron a abandonar la banda y formar una nueva con músicos más experimentados, a lo cual Morrison contesto con un rotundo No; si no preparando su despedida.


El último álbum de The Doors, L.A Woman (1971) muestra su estilo correoso lejos del exceso dramático de los otros discos y retornando a las raíces bluseras. Demuestra la madurez que da paso al fin de una etapa, como se puede ver en la carátula del disco en donde aparece un Morrison barbudo. Varias de las canciones ya van sonando a despedida, por ejemplo el estribillo de Been down so long, que dice: “he caído tan bajo que a mí me parece como si estuviera arriba, porque no, ustedes, gente, me dejan libre”. Una vez grabado el disco Morrison decidió darle un vuelco a su vida, alejarse de la parafernalia del mundo del espectáculo y pasar desapercibido en Paris, dedicándose a escribir sus poesías, como tanto había esperado, aunque no pudo escapar del fin.
Jimi Hendrix murió el 18 de septiembre de 1970, ahogado en su propio vómito después de consumir un exceso de barbitúricos. Janis Joplin, casi un mes después, el 4 de octubre de 1970, por exceso de heroína. A Morrison lo encontraron el 3 de julio de 1971, flotando exánime en una tina en su departamento de Paris, debido a un paro cardiaco.
En algunos casos se ha especulado con el asesinato, pero suelen ser extrañas ideas paranoicas. ¿Suicidio? ¿Accidente? era parte del juego, del límite, del exceso. De andar por la cuerda floja, de estar en el filo de la auto destrucción. Era la vida frenética y desesperada, unida a la desazón. Acorralados por la desilusión de un mundo externo que quería limitar sus posibilidades creativas a la vez que había convertido su personalidad en la de figuritas del espectáculo. Los tres vivieron una juventud solitaria y creativa, los tres pensaron que habían encontrado el camino para expresar todo lo que tenían entremezclado en sus tripas. Los tres nos dejaron grandes discos que hablan mucho más que cualquier otra cosa de su época y de las vías de expresión que encontraron. Es una coincidencia que los tres murieran a los 27 años, la misma edad en la que murió Robert Johnson, (pero de él hablaremos más adelante). Hendrix, Janis, Morrison, murieron en su ley, alcanzaron la tan anhelada libertad a su manera, lejos de la resaca final de los 60´s, su música sigue siendo emblemática y significativa.

martes, 28 de julio de 2009

ByRnCELONA

Quién diría que terminaría perseguido por las bibliotecas públicas de Barcelona. Tres semanas, esta vez tiene que devolverlos como máximo en tres semanas, me dice la funcionaria mientras me entrega los libros. Asiento regañado. Ya no solo había perdido toda mi credibilidad ante mi familia, sino también con los bibliotecarios de la ciudad. Estaba en su lista negra y eso no se borra así como así. Llevaba tres meses de ausencia, pero en realidad eran más, porque hacía dos años, desde que me botaron del trabajo, que me estaba yendo de Barcelona.
Entro al baño del bar Bukowski de la calle Tamarit. En el inodoro veo una cucaracha ahogándose. El chorro le cae a propósito encima y termina de hundirla. Recuerdo que al principio odiaba la música de Talking Heads. Me parecía estúpida. Supongo que era porque había un tipo en el colegio que me caía mal y que se parecía a su cantante, David Byrne. Después empecé a prestarle mejor atención y mi opinión de ellos cambió, atraído por la simpleza que circulaba dentro de su complejidad. Recuerdo que el primer disco que escuché de ellos lo saqué de la biblioteca del Parque Escorxador, más conocido como el parque Miró. En ese tiempo le alquilaba una habitación a un odontólogo en el noveno piso de la calle Paral.lel. Cerca de Plaza España. Desde ahí arriba, desde la terraza, se podían ver las dos montañas que arropan la ciudad. Pero eso no era todo lo que se podía ver. La vida de la gente, como en un teatro, quedaba expuesta a mis ojos fisgones. Como un día en que por casualidad me asomé y pude ver en uno de los balcones del frente una vecina sentada solo con su ropa interior, escapando del absurdo calor que hacia dentro de los apartamentos. Eso fue antes de las vacaciones, una de esas mañanas en las que me despertaba demasiado tarde para ir a la universidad.
Sobre la actuación me enteré por casualidad. Estaba caminando por la calle cuando de pronto vi un anuncio en el que ponía que David Byrne iba a tocar en esos días en el Palau de la Música. En un principio pensé que no encontraría entradas para el concierto. Por suerte aun quedaban boletos para las localidades más baratas. Hacía casi una década que Byrne no pisaba Barcelona. Al menos que yo me haya dado cuenta. Su último concierto fue en el Razzmatazz. Ahí estuve yo. En ese entonces vino a promocionar Look in to the Eyeball, ahora, regresaba para presentar en vivo Everything that happens will happen today, su última colaboración con Brian Eno.
El espectáculo está a punto de empezar. Salgo del metro. Cruzo Vía Layetana, detrás, bloqueado por otro edificio, se asoma por fin el Palau. Al entrar por la cafetería me invade un olor a café con leche rancio que impregnaba las baldosas modernistas. Voy a mi asiento. Las luces se apagan. Sale David Byrne al escenario.
La voz nerviosa del artista comienza el repertorio con Strange Overtones. Esta vez la puesta en escena es completamente diferente a la del Razzmatazz. Los violines y el chelo han desaparecido del escenario para dar cabida a un grupo de bailarines. Toda la banda va vestida de blanco impecable, más que nada porque de vez en cuando ellos también forman parte de la coreografía. Se trata de una banda bastante fogosa, más funkera, que derrocha más energía. Byrne de vez en cuando toma la guitarra acústica, ofreciendo su versión más melosa. Con su falsete va desafiando los límites de la afinación, caminando por una cuerda floja, de la que parece que se fuera a caer, pero justo cuando empieza a tambalear, logra dar con la nota adecuada.
Al salir del concierto camino por las calles oscuras del Raval. Ya no tengo casa, estoy incomodando a un amigo que me deja utilizar su sofá cama. A esa hora todavía hay trenes, pero decido irme a pie. Su apartamento queda cerca de la Estación de Sants, donde en mi etapa más pailas solía ofrecerle acomodamiento en pensiones baratas a los turistas que se acaban de bajar del tren. Esos tiempos parecen tan lejanos y a la vez tan cercanos.


sábado, 21 de febrero de 2009

POLIFONIA BIPOLAR

¿Cuántos albums más tiene que sacar un grupo para confirmar que no están acabados? Hundido psicológicamente, Brian Wilson, el mayor de los tres hermanos que formaban parte de los Beach Boys, renunciaba a las giras para dedicarse de pleno al trabajo discográfico. Inspirado por Burt Bacharach y Phil Spector, Wilson decidió concentrar todos sus esfuerzos en las sesiones de grabación.
De su cabeza salieron las canciones más emblemáticas de la banda. Las cuales no solo compuso y produjo, sino que también lleno de arreglos. La contribución de Wilson en la música moderna fue tan destacada que hasta los Beatles reconocieron la influencia de este músico californiano en el Sargent Pepper’s.
Un talento que brilló en dos albums demasiados adelantados a su tiempo. El primero, Pet Sounds, que no recibió la respuesta deseada por el público y el segundo, Smiley Smile, que ni siquiera vio la luz sino varios años después de su concepción.
Canciones como Good Vibrations, Woundn’t It be Nice, I Just Wasn’t Made For These Times o God Only Knows, sirvieron para explorar los alcances cromáticos de las voces de los miembros del grupo. Voces que bajo las indicaciones de Wilson, explotaron para conseguir el sonido más colorido y genuino de esa época.
Sin embargo, no todos los integrantes de la banda estaban contentos con la nueva dirección que tomó el grupo. Apoyándose en las bajas ventas y advirtiendo del peligro de seguir traicionando el estilo surfero que los catapultó hacia la fama. Mike Love, primo de los Wilson y cantante de la banda, se las arregló para que Brian dejara de tener el control absoluto en las sesiones de grabación.
Para ese entonces a Brian ya se le veía ido. Con su mirada perdida y apretando las mismas teclas del piano, se apresuraba hacia un abismo. Las drogas empezaban a pasarle factura y él las necesitaba como un perro adicto a las pulgas. Pero las pulgas se pueden conseguir en cualquier esquina, igual que las drogas.
La cocaína fue su mejor amiga. En ella se refugió para hacer frente a la depresión causada por un trastorno mental aun no catalogado y por las secuelas de la tormentosa relación que mantuvo con su padre: un compositor frustrado, déspota y egoísta, que trató por todos los medios de incluir sus canciones en los discos de sus hijos.
Le llevó décadas, salir de esa nube negra. Pero atrás quedaron los tiempos en los que duró casi tres años echado en su cama. Por fin terminó el álbum inacabado que tenía pendiente desde su etapa con los Beach Boys. Ahora, de vez en cuando sale de gira con su propia banda y todavía sigue escuchando melodías en la cabeza ¿Qué más puede pedir? Chuck Berry es a la música lo que el Imperio Romano es a la historia de la tierra.

domingo, 11 de enero de 2009

DESERTORES DEL ROCK


Algunas personas han sido determinantes en la historia de la música por razones diferentes. Algunos han vendido su alma en un cruce de caminos, inmolado en las llamas de la fama o desangrado encima de un escenario. En cambio otros, siempre serán recordados por lo que en su momento tenían que hacer. Es decir: apartarse. Lo hizo Pete Best con los Beatles, lo hizo Henri Padovani con The Police y también lo hizo Dave Mustaine cuando Kirk Hammett lo remplazó en Metallica.
Sin su retirada todo sería diferente: The Police no hubiera sido un trío, Ringo Starr jamás se hubiera puesto el anillo que provocó tantos problemas en Help y Megadeth tampoco hubiera sido el mejor ejemplo de lo que se puede alcanzar con odio y resentimiento.
Pero no todo el que sale de una banda lo hace porque lo echan o lo apartan sistemáticamente. Hay algunos que renuncia, que pudiendo continuar, deciden renunciar antes de que el rock les cobre factura. La diferencia de edad entre Bill Wyman y el resto de los Stones siempre fue una barrera. Eso no significaba que no se divirtiera. Mientras Jones y Richards se hundían en las drogas, Wyman no hacía más que perseguir mujeres. Siendo el mayor de todos, lo más lógico es que fuera el más moderado, pero en realidad era Charlie Watts el que menos interés en ser una estrella demostraba. Ni siquiera Jagger, sumido en el papel de front man, cuenta con las credenciales amorosas, por no decir sexuales, de Wyman.
Según la leyenda, durante los 31 años que tocó con los Rolling, Bill llegó a acostarse con más de 1000 mujeres. Pero no fue de tanto conocer señoritas que Wyman decidió poner fin a su etapa con la banda. Para él, ya había aprovechado lo suficiente su status. Llenar estadios, se había convertido en un trabajo rutinario que en lugar de disfrutar, colocaba un peso enorme sobre su existencia. Además para ese entonces ya estaba forrado y sabía que ya no le quedaba mucho más que hacer, salvo descansar. Lo que no había logrado hacer plenamente desde que se subió al tren del rock n roll.
Algo parecido le pasó a Bill Berry, ex baterista y miembro fundador de REM, quien dejó la banda para convertirse en granjero. El acoso de la prensa, los conflictos internos del grupo y un aneurisma cerebral en pleno concierto en Laussane, fue lo que lo empujó a tomar esta determinación. De algún modo, el éxito abrumador de Out of Time y Automatic for the People, sumado con el giro más agresivo de Monster, contribuyó directamente a su prejubilación voluntaria.
Sin embargo, entre los casos más sorprendentes está el de Cat Stevens. Quien no sólo renunció a la música, sino también a su nombre. Dejó de profesar el rock, para profesar el islam. Para ese entonces, afortunadamente, el músico londinense ya había grabado los suficientes albums como para cimentar su leyenda. Con sus cuerdas metálicas modulando arpegios místicos y los tonos de su voz apaciguando a las bestias. En un momento la canción es pacífica y de repente todo estalla, como cuando una estantería de libros se le viene a uno en la cabeza.

lunes, 6 de octubre de 2008

EL GRAN DUDE

miércoles, 4 de junio de 2008

LA BANDA SONORA DEL COSMOS



A punto de extinguirse se dieron cuenta que el pequeño bulbo estelar en el que habitaban pronto se convertiría en una supernova. Desesperadamente lanzaron un grito de auxilio por sus aparatos de comunicación exterior, pero el único mensaje que obtuvieron de vuelta fueron los arpegios de una hermosa canción. Minutos antes de que todo colapsara, los presentes tuvieron un pequeño paréntesis en medios del caos, envueltos en un lenguaje y en unos tonos armónicos absolutamente desconocidos.
Daba la impresión de que la estrella se desmoronaría al ritmo de la cadencia de las notas, muy lento, pero la verdad fue que la explosión escasamente les dio tiempo de comenzar su última plegaria.
La canción sin embargo, siguió su travesía por el espacio, inmune a la destrucción. Su destino estaba a más de 431 años luz de la tierra, concretamente en la estrella Polaris, aunque muy pocos sabían si llegaría hasta ahí o se perdería en la magnitud del firmamento. Una poderosa antena de la NASA sirvió para catapultarla más allá de la estratosfera, mediante una transmisión que se produjo el 4 de febrero del 2008. El mismo día en que, por casualidad, un sobreviviente del Verano del Amor entraba a una tienda de vinilos y le pedía al del mostrador que le pusiera esa misma canción.
Aunque existen más de una variación de este tema, el track que resonó por los parlantes de la tienda pertenecía a la versión definitiva del album Let It Be de los Beatles.
Bastaron tan solo un par de compases antes de que el hombre se trasportara a aquel momento en el que escuchó Across the Universe por primera vez. Lo recordaba con mucha claridad, pero con mucha imprecisión. Un recuerdo que le quedaría guardado para el resto de su vida.
Al igual que a uno de sus primos lejanos, por cuyos oídos pasó sólo una vez esta misma melodía, justo antes de su muerte. Un destino cruel para una persona que no hizo más que combatir los horribles presagios que empezaron a aparecer cuando a través de una pesadilla que se repetía noche tras noche, comenzó a soñar que lo encerraban vivo en un horno crematorio, mientras veía como su cuerpo se consumía en las llamas.
A partir de entonces dedicó su vida y su fortuna a evitar que algo parecido le pasara. Sus ahorros se fueron en la compra de tumbas y criptas en varios cementerios, solo por la seguridad de que le dieran santa sepultura. Su última voluntad, la que se encargó de incluir en su testamento. Irónicamente, su deseo no pudo cumplirse, ya que nunca encontraron sus restos, ni los de las personas que viajaban con él en la avioneta que terminó estrellándose e incendiándose en medio de la selva.
Una tragedia minúscula si tenemos en cuenta la grandeza del universo, donde millones de kilómetros más allá de nuestro sistema solar, en un planeta espejo de la tierra, un matemático se dio cuenta que su especie llevaba años con una medida de tiempo equivocada, debido a un error de cálculo. Una noticia que terminó opacando el descubrimiento del paso de Across the Universe por la órbita de su mundo.
Según el notable académico, hubo un momento de su historia en la que se produjo un salto cuántico imperceptible, a partir del cual los minutos dejaron de estar compuestos de 60 segundos, para estar compuestos de ochenta. A la vez, las horas para que trascurriera un día dejaron de ser 24, para pasar a ser 44. Aparte de esto, el mismo matemático también descubrió que cada jornada tenía dos amaneceres y dos atardeceres, en lugar de uno. Con lo cual, después de hecha la corrección, llegó a la conclusión de que estaban viviendo en la época que no les correspondía.
Después de un largo debate entre todas las naciones, los habitantes de ese planeta decidieron atrasarse y volver al tiempo que les tocaba. La gente tuvo que desprenderse de toda su tecnología. Derrumbaron los edificios y construyeron casuchas de paja. Destruyeron los computadores, los microondas, los televisores, todo lo que estuviera adelantado. Inclusive los carros los terminaron tirando por el barranco.
Y volvieron al oscurantismo. Pero no todo fue malo. Las personas dejaron de morirse de cáncer. O al menos eso creían, ya que no sabían de que morían. De la mano de un espíritu maligno, de la peste o simplemente como castigo por ejercitar la lengua demasiado.
Para ese entonces la canción ya había pasado de largo. Repitiéndose una y otra vez en la eternidad del universo. Viajando sin cesar por las diferentes galaxias. Atravesando nebulosas, Big Bangs y muchos otros brotes de movimiento en un distante espacio tiempo. Una suerte que desearían los globos de helio, quienes por más que intentan perderse por las constelaciones más lejanas, siempre terminan golpeándose contra la parte de abajo de la luna. Bloqueados, esperando sólo a desinflarse, lejos de su sueño más dorado: el de llegar a un planeta sin niños, a quienes en la tierra no hacen más que odiar hasta reventarse.

domingo, 4 de mayo de 2008

Un voraz apetito por existir

La otra noche estábamos con unos amigos tomando unas cervezas y uno de ellos nos fue llevando a esos temas callejón sin salida: el precio del arriendo, los bancos, la negación a hacer contratos fijos. Otro respondió que estaba impresionado de la superficialidad en la que había caído el mundo en general, sólo pensando en préstamos, en tener cosas y en presumir. Todos estamos en la línea de los 30 y somos una especie de jubilados, algo así como los anteriores hidalgos, nos pasamos la vida cazando trabajos temporales, ganado algo de dinero, ahorrando un poco y sobretodo disfrutando del tiempo libre.

Hace poco estuve sobrepasando mi existencia, porque pensaba que ya estaba en edad para hacer algo productivo y tener una especie de destino estable. Me sentía como navegando hacia ninguna parte o estancado en un pantano. Empecé a sentir la necesidad de tener raíces en la tierra y de buscar la manera de procurarlas. Sin embargo, descubrí que seguía vagando de un lugar a otro y esa era mi forma de encontrarle cierta gracia al día a día, entendí que tenía que asumirlo y disfrutarlo mientras podía.

A eso de los 20 años me topé con “En el camino” de Jack Kerouac, lo leí y en ese entonces quedé fascinado porque pensé que esa era la vida que quería vivir. Unos 5 años después lo volvía a ver y descubrí la forma tan profunda como los libros pueden influenciar sin que uno se de cuenta, sentí que todo lo que estaba releyendo de alguna manera era lo que había vivido los años anteriores y me quedé con esta frase: “ENTENDER que EN REALIDAD no estamos preocupados por NADA”.

Pero en ese lapso de 5 años, también me había topado con alguien quizá mucho más influyente y al que desafortunadamente, algunas veces se le toma poco en cuenta simplemente porque tiene la capacidad de hablar tranquilamente de todo, incluso del SEXO. Lo cual me parece muy bien porque es quizá la única acción noble que pueda hacer la humanidad, pero no es a lo único que se limita Henry Miller.



Cuando saco un libro de Henry Miller de la biblioteca siempre me miran de manera extraña, cuando voy en el metro también, incluso mis amigos hacen comentarios estúpidos. Me parece increíble cómo se limita a un escritor que dice cosas tan interesantes, que es mucho más explosivo en otros temas y ámbitos, que es increíblemente crítico y corrosivo con una sociedad podrida, y sobretodo que no tuvo miedo de asumir su vida y de dedicarse a ella con gusto. Pero esto no se entiende porque le pusieron una etiqueta fácil con la que se quedó: escritor obsceno.

A los que nos gusta leer a Kerouac e incluso a Bukowski, podemos encontrar en Henry Miller todo esto e incluso mucho más. Él es la base de todas esas inquietudes, de ese inconformismo y ese descontento. Lo irónico es que haya escrito sus trópicos casi 20 años antes de “En el camino” y en la meca del puritanismo y la doble moral sólo lo hayan publicado 2 años después de la revolución Beat y siempre con la etiqueta estúpida de pornográfico. Cualquiera que esté buscando esto va a salir más que decepcionado, mil veces mejor el Marqués. Pero a lo que seguramente temían las altas autoridades de la moral y las buenas costumbres es que él denunció la cloaca en la que se bañaban, los pilares de mierda en los que se sostienen y tuvo la capacidad de criticarlas, de descubrir la nefasta sociedad occidental del progreso, lo vacío y desolador del consumismo, la tristeza de sociedad a la que llegamos con tanta ilustración, que se sigue inflando y cebando, ante la mirada atónita de los que no creemos en nada de eso. Nada de esto es nuevo, pero lo triste es que hayan ocultado a este autor con una etiqueta fácil con la que sigue y con la que han tapado todo lo demás.

Los libros de Henry Miller son un canto a la vida, una oposición a la desazón en las que nos han encajado, son el alegato en contra de una supremacía de carroña, que se expande desde Estados Unidos al oeste de Europa y como una peste ha ido arrasando con Sur América, Asia y África, ya vemos el despojo de mundo que nos queda. La opción no son grandes ideologías, ni religiones, ni ningún tipo de ismos. La opción que pide Henry Miller, está en uno mismo, él como dice en una de sus novelas la descubrió en Grecia, y no tiene nada que ver con el mundo antiguo (o quizá si), sino más bien con el hombre básico que asume su posición en la naturaleza y es capaz de vivir sin imposturas. Lo único que se puede hacer es vivir con honestidad y no tragar entero toda esa mierda que nos sirven a cada hora.

Hizo trabajos malos, como la mayoría de la humanidad, durante alguna parte de su existencia, hasta que se hartó de Nueva York y la muerte que se escondía en sus pálidos rascacielos. Viajó a París en busca de algo más, algo diferente, y durante 10 años vagando por Clichy entre putas y seres decadentes, descubrió más de lo mismo, Occidente era una casuela de putrefacción, es. Pero lo más interesante, es que su obra demuestra que no se trata de encerrarse y lamentarse por lo que se ve alrededor o de regresar a la edad media. Se trata de asumir la realidad, de no tragar entero, de no morir, de dejarse sorprender, de aprender a disfrutar de los manantiales de vida que corren constantemente en todos los lugares. Se trata de vivir sin necesidad de arriendo, sin necesidad de hipotecas, sin necesidad de coche. O mejor, con todo esto como con cualquier enfermedad, pero sin dejar que te consuman. Todo eso son accesorios, etiquetas que se ponen para cegar. La suya es una literatura dinámica, llena de fuerza y vigor, sin necesidad de estructuras o palabras complicadas. Honesta y natural, llena de fibra, una literatura que vive, invita a existir y ayuda a resistir. Henry Miller, no habla SOLO de SEXO, habla de aprender a vivir por medio del ejemplo.

Me hubiera gustado estar esa noche bebiendo cerveza con el hombre de los trópicos, escuchar alguna de sus anécdotas decadentes y partirme de risa. Ver cómo se sumergen en la nada todas esas cosas vanas que nos han puesto como grilletes para mantener el nuevo feudalismo. Hubo un momento en el que empecé a dejar de navegar hacia la nada y decidí hacerlo rumbo a la felicidad, lo que quiera que eso sea, está en todas y ninguna parte. Seguiré así como un hidalgo, como El Buscón de Quevedo, vagando por ahí, mientras que pueda no pagar impuestos, ni hipotecas, creo que seré un hombre de verdad. Sé que no durará por siempre, pero mientras pueda, lo intentaré.

jueves, 13 de diciembre de 2007

MOTIN EN LAS FILAS DEL FOLK


Cuando estaba en el colegio me llevaron a la Cárcel de Mujeres con el grupo de teatro. Fuimos en bus. Curiosamente no era la primera vez que pisaba la entrada de la cárcel. Ni siquiera la primera vez que había cruzado esas rejas. Aunque esta vez, tengo que decir, no estaba tan seguro de volver a salir. Sin embargo, el hecho de ser hombre jugaba a mi favor. O no.
Llevábamos la cara pintada. Y a pesar del alboroto que nuestra presencia causaba, nosotros teníamos prohibido abrir la boca. Sobre todo, porque íbamos de mimos. Se trataba de una función benéfica y actuábamos sin la palabra. Dije que no era la primera vez que pasaba por esta cárcel, porque mi padre la había construido. Así que había estado hay cuando el trafico era de volquetas y no de otras cosas. Cuando las únicas mujeres que estaban por allí no eran ni guardias, ni presas, sino la señora de la tienda que surtía de empanadas a los obreros o alguna que otra funcionaría, que por su cargo, pisaba esos terrenos con la incerteza de no saber si acabaría cambiando su traje de gala por uno de rayas tras alguno que otro posible escándalo de desfalco.
Salvo en las izadas de bandera del colegio, el grupo de pierrots al que pertenecía no tuvo mucha cabida. Así que la cárcel fue la cima de nuestra historia. El pico más alto de nuestra carrera meteórica del arte de hablar sin hablar. Y aunque partiendo del silencio arrancamos un par de risas, no nos engañemos tampoco fuimos Johnny Cash. Ese si que sabe encender un infierno.
La cárcel ha marcado dos veces la trayectoria musical del Hombre de Negro. En realidad nunca ha cumplido tiempo, ni ha pasado por ninguna condena penitenciaria. Todo y que en su biografía revela historias que si cualquier mortal hubiera protagonisado, seguramente estaría ahora pudriéndose bajo los barrotes. Destrozo de habitaciones, excesos de pastillas, accidentes automovilísticos, incendios forestales… lo típico de una estrella internacional. El delirio de la combinación de anfetas y calmantes con alcohol.
Las únicas veces en las que Cash ha comprobado el confort de la cárcel ha sido para protegerlo de sus locuras. Una noche en un calabozo de un condado perdido en el que actuaba la noche anterior, un encierro menor en el que la propia autoridad lo levantaba con un "Buenos Días Señor Cash" y una tasa de café.
Una historia carcelaria insignificante para alguien que grabó en Sun Records, compartió escenario con Elvis, Jerry Lee Lewis y era amigo de Roy Orbinson. Un principiante comparado con James Brown, que entraba y salía de “la cana” con asiduidad. Sin embargo, a diferencia del Rey del Funk, dos de las veces que Cash visitó por la cárcel, pasaron a la posteridad.
Folsom y San Quentin pueden ser dos cárceles más dentro de toda la telaraña penitenciaria de los Estados Unidos. Dos lugares para olvidar, al mismo tiempo que para recordar, después de que la lírica y los acordes de Cash los inmortalizara para siempre.
En la primera, el sonido de una locomotora abre una cadena de lamentos en la que un preso asocia el ruido del paso del tren con la libertad. Desde su celda este preso ahoga en lagrimas un testimonio en el que habla de cómo su madre le decía que no jugara con armas y que remataría con el ya celebre "Le disparé a un hombre en Reno, sólo para verlo morir".
Esta misma canción la incluiría de nuevo en el repertorio de su siguiente actuación carcelaria. Aunque en este caso, la canción había dado un giro radical. Con un rasgueo folk completamente elevado de tempo. De hecho, casi todas las canciones que canta esa noche están aumentadas de revoluciones. Inclusive I Walk The Line.
Pero quizás lo más impresionante de este album es la sintonía de Cash con su público: los presos. Con sus letras forajidas, sus retratos de la América oprimida, la visión de la vida marginal y su eterna fascinación por las historias de cruce de caminos. Del honor, de la sangre, de las lágrimas, del héroe cotidiano, de la hazaña a pequeña escala y de la gran magnitud del mundo que poco a poco se devora a las personas. Historias trágicas, otras cómicas.
Como por ejemplo A Boy Named Sue, una canción que habla de un hijo que busca a su padre para matarlo, después de que este lo abandonara y le pusiera un nombre de mujer. Una canción desenfadada con la que el auditorio estalló en risa. Parecía más una presentación de Les Luthiers, que del Hombre de Negro.
Sin embargo, el clímax de la noche no fue en este tema, sino en otro que le llegó directamente al corazón de los reclusos: San Quentin, una canción completamente contestataria en la que intentó ponerse en la piel de los presos. Interpretada justo en un momento en el que la paciencia de los guardias estaba al límite.
Una autentica bomba de relojería. De principio a fin. Con Johnny pregonando la subversión total, rasgando las cuerdas de la guitarra, mientras en los espectadores se va gestando la célula del motín, en medio de una increíble ovación con cada una de las palabras que dice. Una ovación que va a más y a más, hablando de heridas profundas, del desgaste del alma y de la redención en la misma cárcel donde Charles Manson cumple cadena perpetua:

Sant Quentin, may you rot and burn in hell.
May your walls fall and may I live to tell.
May all the world forget you ever stood
and may all the world regret you did no good.
Sant Quentin I hate every inch of you.

lunes, 22 de octubre de 2007

LA VIDA EN FUGA:

viernes, 21 de septiembre de 2007

LA CLASE OBRERA DEL ROCK



El carisma muchas veces lo ponen las estrellas, pero del voltaje, de eso a veces se tienen que encargar otros. Sin ellos, la historia de la música sería diferente. Y aunque sean matones a sueldo de algún líder golfo ansioso de conquistar la Bildboard, en parte, su sonido ha definido el rumbo del rock n’ roll. Lo hizo Bill Halley con sus Comets, Buddy Holly con los Crickets o Smokey Robinson con los Miracles.
Y es que en la memoria del gran público siempre quedará grabado el nombre de la banda con la que los grandes recorrieron el camino hacia la inmortalidad: Frank Zappa con The Mothers, Nick Cave con the Bad Seeds, Huey Lewis con The News y por supuesto, en la ficción, Ziggy Stardust con The Spider from Mars.
Tan determinante es el papel que han jugado estas bandas de apoyo, que en muchos casos, el que pone la cara para las portadas de las revista no consigue arrancar del todo con una carrera solista, hasta que no se atreve a editar un álbum que sea testimonio de su infidelidad con otros músicos. Le pasó a Tom Petty con Full Moon Fever cuando probó suerte sin los Heart Breakers, al igual que a Elvis Costello, quien a mediados de los noventas zanjó su colaboración con The Attractions.
Porque en muchas ocasiones, empezar de nuevo con otras bandas les ha empujado a embarcarse en proyectos con los que han alcanzado fronteras en su interior hasta el momento desconocidas por ellos mismos. En parte, fue lo que le pasó a Hendrix, cuando, conservando aún la estructura del trío, pasó de Experience a liderar The Band of Gipsys, reclutando a Bill Cox en el bajo y a Buddy Miles en la batería.
Y aunque en la mayoría de los divorcios definitivos o momentáneos entre la estrella y sus lacayos, se han traducido en más tiempo libre para las bandas, en otros casos ha pasado todo lo contrario. Por ejemplo, los chaperones de Springsteen, la E Street Band no se quedó de brazos cruzados durante los diez años en los que no estuvo bajo las órdenes del Boss, llegando a tocar con otros grandes artistas como David Bowie, Ronnie Spector, Swing, Ringo Star o Peter Gabriel, entre otros.
Pero quizás uno de los casos más curiosos de la música lo ha protagonizado The Band. Esta formación canadiense llegó a tener varios nombres, pero al final optaron por quedarse por el que todo el mundo los conocía: The Band, por ser en el momento los que acompañaban en el escenario a Bob Dylan. Pero aunque al principio eran reticentes a pasar a la historia del rock bajo este nombre, al final terminaron adoptándolo con orgullo. Y lo siguieron utilizando, inclusive después de haberse desligado del poeta de Minnesota, consiguiendo de esta forma un éxito increíble y ganándose una reputación enorme que los catapultó hasta la cima.

viernes, 31 de agosto de 2007

PÁJARO EN LLAMAS

“He visto las mejores mentes de mi generación, destruidas por la locura, muriéndose de hambre, histéricas, desnudas, arrastrándose por las calles negras a la madrugada, buscando una droga furiosa”.

El Aullido - Allan Ginsberg.



Un error en medio de la improvisación, los dedos se enredaron, quedó en silencio, estancado en la nebulosa. Un fuerte baquetazo en la cabeza que le lanzó el baterista lo arrancó del vacio, abucheado y burlado se bajó del escenario. Durante las siguientes semanas le hirvió la sangre, así que se dedicó a perfeccionar su técnica, para no callar jamás, para gritar como nadie, para dejar a todos con la boca abierta. Esto era en aquella época de sus 15 años, cuando vagaba con su saxo alto, por las calles de Kansas, en busca de colarse en algún jaming de los que hacían las orquestas de la ciudad después de sus presentaciones. El pequeño golpe rompió el cascarón y Charlie Parker, después de unos meses era el saxofonista de la mejor orquesta de la ciudad. Con esta viajó por primera vez a Nueva York, ahí conoció a un trompetista con el que compartía algunas ideas, un tal Gillespie.


Algo de esa primera estancia en Nueva York lo obsesionó por volver, esta vez por su cuenta. No le importó lavar platos en un bar durante unas semanas, mientras que escuchaba el ritmo frenético de Art Tatum, cuando el baterista dejó de tocar en el lugar, Charlie también se fue. Estuvo un rato durmiendo en las calles y vagando por ahí hasta que consiguió tocar por una miseria en un local, en el que unas noches después se volvió a encontrar con Dizzy Gillespie, que se convertiría en su sombra durante esos primeros años. El trompetista lo arrastró a la orquesta en la que estaba tocando, pero al poco tiempo se independizaron y esparcieron su poder por los bares de la zona, eran mediados de los 40´s y la calle 52 ardía. Se dice que ambos le dieron forma a lo que se venía gestando desde hacía tiempo en las calidas noches de improvisaciones en Harlem, el Be-bop, música de la membrana que le dio un golpe certero al show bussines del momento, el swing, y que hizo arder al jazz y lanzarlo como un cohete por una órbita inesperada.

martes, 7 de agosto de 2007

LOS LÍMITES DE LO INFLAMABLE


En el barrio en el que crecieron las niñas pequeñas en vez de jugar con barbies, jugaban con los barbitúricos de sus hermanos mayores. Sin embargo, a pesar de haber estado rodeados de un ambiente de vandalismo latente, el historial criminal de los Flaming Lips siempre estuvo limpio; por lo menos antes de convertirse en estrellas de rock.
Psicodélicos, extravagantes, fetichistas y hasta pirómanos extremos: esta banda formada en South West, Oklahoma, ha desafiado todos los limites de lo kitsh hasta haberse forjado una imagen propia. Si bien es cierto que han querido parecerse a Janes Adiction y hasta han sido los imitadores oficiales de The Bud Hole Surfers, con el paso del tiempo los Lips han pasado ya de copiones a copiados.
Un status que han alcanzado en parte gracias a la ausencia completa del sentido del ridículo: apostando por una puesta en escena repleta de disfraces, confeti y sangre de mentiras. Y es que ver a los Flaming Lips encima de los escenarios resulta todo un acto hipnótico, sobre todo para aquellos que se dejan llevar por sus letras optimistas que hablan de muerte y decepción.
Porque si una cosa tiene esta banda, es que son unos verdaderos supervivientes. Salidos directamente desde la Nación Alternativa, esta formación ha sido una de las pocas bandas grunge que no sufrió un corte digestivo con la fama de los noventas.
Es más, el impulso del nuevo milenio les ayudó a redefinir su sonido. En parte gracias a la complicidad del cantante, guitarrista y fundador, Wayne Coyne, con Steve Drozd, el hombre orquesta de la banda (piano, batería y guitarra). Una química que ha estado presente desde She Don’t Use Jelly, el primer gran single de los Lips, hasta la actualidad. Una sociedad que empezó cuando los Flaming Lips ya contaban con varios álbumes en su espalda y que con la llegada de Steve como baterista sirvió para abrir horizontes musicales hasta ese entonces inexplorados por la banda.
Y es que si bien Coyne ha sido el gran motor de los Flaming Lips, Drozd aportó con su llegada un torrente de melodía, que se refleja claramente en sus arreglos detallistas de piano y guitarra, muy parecidos a las pinceladas que engrandecen las mejores obras de arte.
Unos arreglos que han demostrado todo su potencial con la salida al mercado de álbumes como Yoshimi Battles the Pink Robots y At War with the Mystics, en los que la personalidad excéntrica de la banda se hace más evidente: tanto en estudio, como en vivo.
Sin embargo, toda esa locura es la que en el fondo más adeptos les ha conseguidos a estos músicos, que en concierto han logrado atesorar momentos históricos, como cuando tocaron en el Zoo de Oklahoma o por ejemplo, el ya habitual paseo por el público de Wayne Coyne dentro de una burbuja de plástico, en la que el cantante se sumerge de lleno entre las manos de la multitud.

jueves, 19 de julio de 2007

El eterno Dorado

Mientras que en Italia disfrutaban del brillo del Renacimiento, soportando la peste negra, elevando el humanismo, su perspectiva y su rescate de lo antiguo. A un lado del Támesis, el Glove se inflaba con las brujas de Macbeth, los insomnios del príncipe de Dinamarca y los celos del rey moro. Los portugueses recorrían medio mundo y los 7 mares, en su siglo de los descubrimientos, encontrando puertos y fundando postas de comercio que después les arrebataron los Holandeses e Ingleses. Por las montañas de Castilla y la Mancha vagaba el caballero de La Triste Figura, haciendo entuertos y ofreciendo ínsulas inexistentes a los incautos.

Mientras que al otro lado del Atlántico, hombres desesperados regaban la viruela, sometían a tribus guerreras y arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. Surcando ríos, escalando montañas increíbles, atravesando selvas inhóspitas en donde morían de malaria y de locura. Movidos por ideales absurdos como El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud, los conquistadores recorrieron América desde California, hasta la Patagonia, los desiertos de México, las selvas de Centro América, el Caribe, los Andes, las costas del Pacífico, la Selva Amazónica, el Río de la Plata, el Orinoco, el Paraná, el fin del mundo. No encontraron las maravillas que buscaban, pero si mucho oro, mucha sangre, muerte, muchas delicias tropicales y pueblos sometidos. Llegaron hasta Tenochtitlán, hasta la ciudad sagrada de los Incas, pero no encontraron el tesoro que estaban buscando. Porque mientras que el desespero y la desilusión iban siendo regados por América, el verdadero Dorado sucedía al otro lado del Atlántico en donde la pluma de Lope se mezclaba a la vez con la de Cervantes y Quevedo, mientras que Velásquez pintaba a sus enanos y perros congelados en el tiempo.



Si la gesta heroica y absurda de la conquista tuvo algún sentido, ese es el Siglo de Oro Español. Nada justifica las muertes y sangrías, los pueblos arrasados y las culturas aniquiladas, la larga noche de los 500 años, las malas administraciones que han sido heredadas. La Conquista de América fue una vana ilusión, como todo lo que buscaban los conquistadores, como todo lo que construyeron, como todo lo que queda. Parece que fueron generaciones y generaciones de Buendías, de Aguirres que se perdieron por tomar el rumbo equivocado. Los mapas, los edificios, los lingotes de oro, poco importan, el gran tesoro que España pudo ofrecer al mundo después del descubrimiento de América (además del la papa, el tomate, el maíz, el tabaco y demás) fueron la honestidad brutal de sus letras y su pintura.

La vida es sueño, Don Quijote, El Buscón, los dramas y comedias de Lope y de Tirso, bien simbolizan el esfuerzo, la muerte y la locura de la conquista. Es en todos ellos en donde se encuentra la explicación de lo que ES, de lo que FUE. En los bares de Madrid, por Lavapies o Malasaña, sigo viendo a los borrachines de Velásquez. En Medellín, Santiago de Chile o el D.F, siguen habiendo buscones, iguales al de Quevedo. Realmente el Siglo de Oro es lo que nos sigue uniendo a todos, es lo que somos. Nuestras tierras no fueron fundadas por Quijotes valerosos que en los ardores de sus locuras querían rescatar princesas y mantener el honor de los caballeros andantes. Fueron fundadas por Sanchos despistados y despiadados que creían en cualquier cosa y babearon de codicia por ínsulas inexistentes. En las tramas del Siglo de oro, enredadas, complicadas, populares. En el levantamiento de Fuente Ovejuna, en las andanzas de Don Juan, en la amargura y resentimiento de Segismundo, es donde se ve, ese universo que sigue existiendo en las tierras en donde se habla castellano. Es lo que se ve en las calles, en las inquietudes, en las películas de Almodóvar o Alex de la Iglesia. Es la decadencia como forma de vida, el rebusque como única salida.




Dicen que con el Quijote nace la novela y la narrativa moderna y que a partir de los enredos de Lope la dramaturgia tomó una nueva dirección. En las obras de Tirso o Calderón, se ve perfectamente cómo construir bien una historia, cómo darle giros inesperados, cómo crear misterio y risa, cómo describir y construir situaciones cómicas o dramáticas. En El Buscón de Quevedo o el Quijote, están presentes los ángeles desesperados, desperdigados por las carreteras, que luego retomaría la literatura de carretera. Pero el gran aporte de estas obras, es haber construido a base de sinceridad, mostrando un pueblo tal como era, lo peor y lo mejor, sin falsas grandezas, del alma Hispana. Es esa tradición la que realmente vale la pena.

El Siglo de Oro es el canto a todos los sueños vanos y los desperdicios que significaron La Conquista de América. Ahí siguen sus voces que rebotan como fantasmas dentro de los que hablamos esta lengua de fuego. El Siglo de Oro es nuestro Dorado, es nuestra Fuente de la Eterna Juventud. Fue nuestro Macondo, nuestra Comala, nuestro Oliveira, vagando, Buscón, por las calles de París. Fue la pesadilla y el constante despertar a esta vida que sigue siendo un sueño.

Como dice Segismundo al final de su célebre soliloquio:

"Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
ue toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son".

domingo, 8 de julio de 2007

LA NOCHE EN LA QUE ESTALLÓ EL ROCK Biger than a Bang

Se supone que debíamos estar en el gallinero, en el extremo más extremo de la parte de arriba. Pero cuando entramos y vimos que podíamos pasar, una naturalidad descarada nos impulsó a seguir las escaleras hacía abajo, lo más cerca del escenario posible. Anduvimos como quien va de visita, viendo por fuera la cosa y un poco contrariados por que nadie nos obligaba a subir. Seguimos nuestro recorrido hasta acercarnos a la zona vip, vimos que alguna gente entraba sin que les pidieran la entrada y los seguimos, estábamos a 10 metros de la tarima y AHÍ NOS QUEDAMOS. Sólo nos movimos cuando vimos que estaban repartiendo las manillas del concierto y nos la pusimos por si acaso. Se fue llenado y llenando y quedamos bien ocultos.
Se hizo de noche, unos gringos hacían sus gritos desaforados de búfalos, a los que respondían unas argentinas con un cursi: "Amamos a los Stones" que un desadaptado, no se contenía en responder con un "a Diego también". Saltos y aplausos pero nada que aparecían. Ya estaba la luna como medio ojo encima de nosotros y de pronto, el enorme escenario de edificios redondos se encendió y las luces del Estadio, la pantalla central empezó a mostrar las imágenes de meteoritos circulando, hasta que pum se hizo la gran explosión, el biger bang, salió humo, sonaron las guitarras y la batería, "Start me up"… Apareció Mick Jagger con su chaqueta roja cantando.
Por un momento era tan familiar y a la vez tan extraño tenerlos ahí, Ron Wood y Keith tocando la guitarra, Charlie tocando la batería, Mick andando de un lado a otro del escenario. Empezando a hervir los ánimos que ya lo estaban y respondíamos con efusividad de saltos, palmadas al aire y gritos. Las argentinas que estaban adelante de nosotros se mecían como olas, un gigante al lado mío palmoteaba como queriendo destrozar el mundo, y yo zapateaba como si de esa manera lograra contener las canciones, seguirlas, ser parte de ellas. Atontado por el espectáculo, con la boca abierta, movía la cabeza como los perritos de los carros.
En "Midnight ramble", demostraron de qué iban, y sobre todo la maravilla de corista, diosa de caoba, que los acompañaba. Pero las guitarras dieron mucho de lo suyo y Mick poseyó con toda naturalidad el estadio. Era un rito pagano, pero que manera de congregar almas. Una vez abierta la caja de sorpresas, decidieron bajar un poco la intensidad con canciones del último disco (Biger than a Bang) que poco conocíamos, incluso Jagger se hizo con una guitarra y nos cantó una de las baladas. En algún momento la armónica nos volvió a traer a las raíces con "Honky Tonk women", y se le hizo un homenaje sentido a James Brown, maestro de la efusividad en la tarima, que cuando los Stones eran principiantes les supo enseñar cómo se hace un espectáculo.
Cuando pudo darse un respiro Mick nos presentó a los componentes del poderoso ritual, el de la pandereta, nuestra increíble corista, el de la guitarra acústica escondida, el saxo, la trompeta, el trombón. Darryl Jones, el bajista que desde el 93 remplazó a Wyman y que tiene en el currículum haber tocado con Miles Davis. Apareció Ronnie acompañado de una lluvia más intensa de aplausos, cuando salió Charlie ya era un aguacero y con Keith se convirtió en un vendaval de ovación. Varías veces intentó hablar llevándose las manos al corazón, pero los aplausos y gritos no lo dejaban, sonreía con su cara burlona, sus enormes labios de payaso y su nuevo bigote de tres días, y nosotros no nos callábamos, seguíamos gritando y aplaudiendo, visto que no podía habar tomó su guitarra blanca y empezó a cantar una de sus canciones, con su voz ronca y gastada de viejo bluesmen.
Desaparecieron por un momento, en el escenario movieron la batería y otras cosas, explosión de humo, volvieron todos a su sitio y mientras cantaban "Miss you" se empezaron a desplazar, con la tarima montado en un riel y se fueron hacia el centro del estadio. Ahora estaban lejos y de espaldas, pero seguían moviéndonos, luego vino "It´s only rock and roll but i like it", se encendieron las luces, volteamos hacia el escenario vacío en donde ahora una boca enorme con su lengua gigante temblaba como viniéndose encima para lamernos a todos, poco a poco el riel fue trayéndolos de vuelta. Se apagaron las luces, empezó a salir humo.
Hubo una gran explosión, y mientras que el ritmo de esos tambores rituales se daba paso, en la pantalla roja empezaron a aparecer unas formas blasfemas y Mick con una larga gabardina roja de ceremonias, se subió a una terraza que había en la parte más alta del escenario, "Please allow me to introduce myself, I´m a man of wealth and taste", ardieron unas llamas en la sima y todos posesos coreamos "Simpathy for the devil". No se trataba de estar en el lado oscuro, era simplemente oposición, rebelión, las huestes inconformes. Ardieron más llamas en el escenario, hubo más humo, "Brown Sugar" una maravillosa diosa negra enorme se tomaba el mundo: se hacía con la Torre Effel, con las ruinas de Roma, con los bulevares y avenidas de este planeta condenado, la belleza las poseía, se las tomaba, las hacía suyas.
A estas alturas Keith Richards apenas podía tocar la guitarra, se arrastraba por el suelo, se hacía de espaldas, negando algo que había sido evidencia en todo el concierto, (en un solo se quedó a mitad de camino), ya no podía más, afortunadamente tenía a Ron para soportarlo. Sin embargo, el hecho de que estuviera ahí, se mantuviera poderoso con sus sesentaypico años ya era suficiente. Mientras que Jagger, más aplicado a su responsabilidad de mantener la imagen del grupo, entrenando antes de cada aparición, era capaz de correr una y otra vez por todas las esquinas del escenario y hasta bajó y se pasó por el caminillo del centro. Estos señores sin lugar a duda son unos especialistas del espectáculo, no se les escapa nada, como los grandes magos saben todos los trucos y llega un momento en el que con la edad eso ya empieza a valer, más sabe el diablo por viejo… y por astuto. Se apagaron las luces, hubo un estallido de pólvora, desaparecieron.
Gritamos, aplaudimos, hicimos ovaciones, chiflidos, pedimos otra en español, en inglés. Como era natural, volvieron a aparecer con toda la potencia de "Satisfaction", empezamos a saltar, a gritar la letra, a intentar sacar con el ardor de las palmas la emoción. Ahí estaban con más fuerza que nunca, el Estadio volvió a arder como si estuviéramos en el comienzo, este público no se saciaría jamás, disfrute esta canción como ninguna, de pronto empezaron a agradecer y cayeron unas cintas de colores de los edificios del escenario. Entre la confusión y la emoción seguíamos aplaudiendo, pasaron todos al centro y se agacharon, luego quedaron los 4 Stones, empezaron a lanzar cosas para el público. Babeamos éxtasis, seguíamos palmeando y gritando, hasta que desaparecieron. Nos quedamos con la satisfacción en la garganta, pidiendo más, reventó de nuevo un juego de pólvora y luz y todo terminó. Silencio, luego quedamos rogando un poco más, se apagaron las luces, pusieron Bob Marley, entendimos, buen rollo. Final apoteósico. El concierto de los Rolling Stones había terminado y si algo podía definirlo letra por letra era ESPECTÁCULO, en el máximo estado puro, con toda la carga de adrenalina que esa palabra puede tener. Bajamos de Montjuic con un aura en el cuerpo, por una noche habíamos sido parte del mas puro ROCK.